—Usted sabe, mi Coronel, lo que son las mujeres y sobre todo las madres para adivinar una desgracia.

Parece que todo lo viesen antes de suceder, como le pasó á mi vieja aquella noche. Porque al ratito de lo que le iba diciendo, ya llegó la partida y se apeó el que la mandaba, haciendo que mi padre marchara con él sin darle tiempo ni á que alzara el poncho.

Se lo llevaron en cuerpito.

Pasamos con mi madre una triste noche, muy triste, mirándonos, yo callando y ella llorando sentada en una sillita al lado de su cama, porque no se acostó.

Al día siguiente, en cuanto medio quiso aclarar, ensillé, monté y me fuí derechito al pueblo, á ver qué había.

Lo acusaban á mi padre de un robo.

Y decía que si no ponía personero, lo iban á mandar á la frontera.

¿Y de ánde había de sacar plata para pagar personero, ni quién había de querer ir?

Me volví á mi casa bastante afligido con la noticia que le llevaba á mi madre. Pero pensando que si me admitían por mi padre podía librarlo.

Le conté á mi madre lo que sucedía, y le dije lo que quería hacer.