Se quedó callada.
Le pregunté qué le parecía.
Siguió callada.
Se enojó mucho, me echó; me fuí, volví tarde, los perros no ladraron, porque me conocieron; llegué sin que me sintieran hasta la puerta del rancho.
La hallé hincada rezando, delante de un nicho que teníamos que era Nuestra Señora del Rosario.
Rezaba en voz muy baja; yo no podía oir sino el final de los Padres Nuestros y de las Ave Marías.
Contenía el resuello para no interrumpirla, cuando oí que dijo:
«Madre mía y señora, ruega por él y por mi hijo.»
Suspiré fuerte.
Mi madre dió vuelta; yo entré en el rancho y la abracé.