Como sucede siempre en las familias, nos compusimos. Pero de los labios para afuera. Adentro había otra cosa.

Yo prudenciaba, porque mi madre me decía siempre: tené paciencia, hijo.

—¿Y la Dolores?—le pregunté.

—Siempre la veía, mi Coronel—me contestó.

—¿Y cómo hacías?

—Ahorita le voy á contar, y verá todas las desgracias que me sucedieron.

Yo iba casi todas las noches obscuras á casa de la Dolores.

Saltaba la tapia y me escondía entre los árboles de la huerta, y allí esperaba hasta que ella venía.

Mi caballo lo dejaba maneado del lado afuera.