Me quedé pensando en las seducciones de la barbarie; y como había tiempo para enterarme de ellas y quería conocer el fin de la historia empezada, le dije:
—¿Y te arreglaste al fin con tus suegros y con tu mujer propia?
—Me arreglaba y me desarreglaba. Unos tiempos andábamos mesturados; otros, yo por un lado, ellos por otro.
Por último, Regina se había puesto muy celosa; porque, no sé cómo, supo mis cosas con la Dolores.
Hasta me amenazó una vez con que me había de delatar.
Aquello era una madeja que no se podía desenredar y á más habían dado en la tandita de hablar mal de mi madre, de modo que yo los oyera. Decían que ella era mi tapadera y yo la del Juez.
Una noche casi me desgracié con mi suegro.
Si no es por Regina, le meto el alfajor hasta el cabo, por mal hablado.
Era una picardía; porque mi madre, mi Coronel, era mujer de ley.
Trabajaba como un macho todo el día, y rezar era su vida.