Por ella supe lo que había. Llorando me lo contó todo. ¡Pobrecita! Mi padre había muerto de celos al Juez. Pero nadie sino ella lo había visto. Y á mí me creían el asesino, porque me habían hallado corriendo á pie, por las calles del pueblo, á deshoras.

Mi vieja estaba muy afligida. Decía que decían, que me iban á fusilar y que eso no podía ser, que yo qué culpa tenía.

Yo le dije: mi madrecita, yo quiero salvar á mi padre.

Ella lloraba...

En ese momento entró uno de la partida y dijo:—Ya es hora de retirarse. Se va á entrar el sol.

Nos abrazamos, nos besamos, lloramos,—mi vieja se fué y yo me quedé triste como un día sin sol.

Me prometió volver al día siguiente, á ver qué se nos ocurría.

Esto dijo Miguelito, y como quien tiene necesidad de respirar con expansión para proseguir, suspiró... lágrimas de ternura arrasaron sus ojos.

Me enterneció.