Una caldera llenita me tomé de mate y toda la mazamorra, que estaba muy rica. Mi madre pisaba el maíz como pocas y lo hacía lindo.

Me curó después las heridas con unos remedios que traía; eran yuyos del cerro.

Después, de un atadito sacó una camisa limpia y unos calzoncillos y me mudé.

Me armó cigarros como para toda la noche, nos sentamos en frente uno de otro, nos quedamos mirándonos un largo rato, y cuando estaba para irse, se presentó el que le llevaba la pluma al Juez con unos papeles bajo el brazo y dos de la partida.

Le mandaron á mi madre que saliera y tuvo que irse.

El Juez me leyó todas mis declaraciones y una porción de otras cosas, que no entendí bien. Por fin me preguntó que si confesaba que yo era el que había muerto al otro Juez.

Me quedé suspenso, podían descubrir á mi padre y yo quería salvarlo.

¿Para qué es un hijo, mi Coronel, no le parece?

—Tienes razón—le contesté.

Él prosiguió: