—No se muere más que una vez, y alguna vez ha de suceder eso.

El escribano me volvió á preguntar que qué decía. Le contesté, que yo era el que había muerto al otro.

—¿Por qué?—me dijo.

Me volví á quedar sin saber qué contestar.

El escribano me dió tiempo.

Pensando un momento se me ocurrió decir, que porque en unas carreras, siendo él rayero, sentenció en contra mía y me hizo perder la carrera del gateado overo que era un pingo muy superior que yo tenía. Y era cierto, mi Coronel, fué una trampa muy fiera que me hicieron, y desde ese día ya anduvimos mal mi padre y yo; porque la parada había sido fuerte y perdimos tuitito cuanto teníamos.

Después me preguntó, que si alguien me había acompañado á hacer la muerte, y le contesté que no; que yo solo lo había hecho todo, que no tenían que culpar á naides.

Que qué había hecho con la plata que tenía el Juez en los bolsillos.

Le dije que yo no había tocado nada.

Cuando menos los mismos de la partida lo habían saqueado, como lo suelen hacer. Es costumbre vieja en ellos, y después le achacan la cosa al pobre que se ha desgraciado.