No me preguntó nada más, y se fué, y me volvieron á poner incomunicado, y de esa suerte me tuvieron una infinidad de días.
Ni con mi madre me dejaban hablar. Pero ella iba todos los días una porción de veces á ver cuándo se podría y á llevarme que comer.
Yo me aburría mucho de la prisión y estaba con ganas de que me despacharan pronto, para no penar tanto; porque las heridas se habían empeorado con la humedad del cuarto, y porque las sabandijas no me dejaban dormir, ni de día ni de noche.
Aquello no era vida.
Volvió otro día el escribano y me leyó la sentencia.
Me condenaba á muerte, vea lo que es la justicia, mi Coronel. ¡Y dicen que los doctores saben todo! ¿Y si saben todo, cómo no habían descubrido que no era el asesino del Juez aunque lo hubiera confesado? ¡Y muchos que después de la patriada de Caseros, no hablan sino de la Constitución!
Será cosa muy buena. Pero los pobres somos siempre pobres, y el hilo se corta por lo más delgado.
Si el Juez me hubiera muerto á mí en de veras, ¿á que no lo habían mandado matar?
He visto más cosas así, mi Coronel, y eso que todavía soy muchacho.
El escribano me dejó solo.