Cuando le confié la verdad, lloró como una Magdalena.

Sus ojos parecían un arroyo, estuvieron lagrimeando horitas enteras.

De pregunta en pregunta me sacó que yo había confesado ser el asesino del Juez, por salvar al viejo.

Y hubiera visto, mi Coronel, una mujer que no se enoja nunca, enojarse, no conmigo, porque á cada momento me abrazaba y me besaba diciéndome mi hijito, sino con mi padre.

—Él, él no más tiene la culpa de todo, decía, y yo no he de consentir que te maten por él; todito lo voy á descubrir.

Y de pronto se secó los ojos, cesó de llorar, se levantó y se quiso ir.

—¿Adónde va, mamita?—le dije.

—Á salvar á mi hijo—me contestó.

Iba á salir, le agarré de las polleras, y á la fuerza se quedó.

Le rogué muchísimo que no hiciera nada, que tuviera confianza en la Virgen del Rosario, de la que era tan devota, que todavía podía hacer algo y salvarme.