Usted sabe, mi Coronel, lo que es la suerte del hombre. Cuando más alegre anda, lo refriegan, y cuando más afligido está, Dios lo salva.
Yo he tenido siempre mucha confianza en Dios.
—Y has hecho bien—le dije.—Dios no abandona nunca á los que creen en él.
—Así es, mi Coronel, por eso esa vez, y después otras me he salvado.
—¿Y qué hizo tu madre?
—Cedió á mis ruegos, y se fué diciendo: esta noche le voy á poner velas á la Virgen y ella nos ha de amparar.
Y como la Virgencita del nicho, de que antes le he hablado, mi Coronel, era muy milagrosa, sucedió lo que mi vieja esperaba, me salvó.
Miguelito hizo una pausa.
Yo me quedé filosofando.
¡Filosofando!