Sí, el mundo no se aprende en los libros; se aprende observando, estudiando los hombres y las costumbres sociales.

Yo he aprendido más de mi tierra yendo á los indios Ranqueles, que en diez años de despestañarme, leyendo opúsculos, folletos, gacetillas, revistas y libros especiales.

Oyendo á los paisanos referir sus aventuras,—he sabido cómo se administra la justicia, cómo se gobierna, qué piensan nuestros criollos de nuestros mandatarios y de nuestras leyes.

Por eso me detengo más de lo necesario quizá en relatar ciertas anécdotas, que parecerán cuentos forjados para alargar estas páginas y entretener al lector.

¡Ojalá fuera cuento la historia de Miguelito!

Desgraciadamente ha pasado tal cual la narro, y si fija la atención un momento, es porque es verdad. Tiene ésta un gran imperio hasta sobre la imaginación.

Miguelito siguió hablando así:

—Las voces que andaban era que pronto me fusilarían, porque iba á haber revolución y me podía escapar.

¡Figúrese cómo estaría mi madre, mi Coronel! Todo se le iba en velas para la Virgen.