De tarde tomaba mi escopeta y me iba por los alrededores del pueblito.
En dirección al bañado, donde los patos abundaban más, había un rancho.
Inevitablemente debía pasar por allí si quería ahorrarme un rodeo por lo menos de tres cuartos de legua.
Pues bien. Venirme la idea de salir y asaltarme el recuerdo de un mastín que habitaba el susodicho rancho, era todo uno.
Desde este instante formaba la resolución valiente de medírmelas con él.
Salía de mi casa y llegaba al sitio crítico, haciendo cálculos estratégicos, meditando la maniobra más conveniente, la actitud más imponente, exactamente como si se tratara de una batalla en la que debiera batirme cuerpo á cuerpo.
En cuanto el can diabólico me divisaba, me conocía; estiraba la cola, se apoyaba en las cuatro patas dobladas, quedando en posición de asalto, contraía las quijadas y mostraba dos filas de blancos y agudos dientes.
Eso sólo bastaba para que yo embolsase mi violín. Avergonzado de mí mismo, pero diciéndome interiormente:—«El miedo es natural en el prudente,—cambiaba de rumbo, rehuyendo al peligro».
Un día me amonesté antes de salir, me proclamé, me palpé á ver si temblaba.
Estaba entero, me sentí hombre de empresas, y me dije: pasaré.