Una dosis semejante de aguardiente era como para voltear á un elefante, si estos cuadrúpedos fuesen aficionados al trago.

Medio perdió la cabeza.

Al llevar yo el mío á los labios, me santigüé con la imaginación como diciendo: Dios me ampare.

Jamás probé brebaje igual. Vi estrellas, sombras de todos colores, un mosaico de tintes atornasolados, como cuando por efecto de un dolor agudo apretamos los párpados, y cerrando herméticamente los ojos la retina ve visiones informes.

Al enderezarse Epumer, yo no sé qué chuscada le dije.

El indio se puso furioso; quiso venírseme á las manos.

Mariano Rosas y otros le sujetaron; me pidieron encarecidamente que me retirara.

Me negué; insistieron, me negué, me negué tenazmente.

Me hicieron presente que cuando se caldeaba, se ponía fuera de sí, que era mal intencionado.

—No hay cuidado—fué toda mi contestación.