El indio pugnaba por desasirse de los que le tenían; quería abalanzarse sobre mí, su mano estaba pegada al facón.

Pataleaba, rugía, apoyaba los talones en el suelo, endurecía el cuerpo y se enderezaba como galvanizado.

Sus ojos me seguían, los míos no le dejaban.

En uno de los esfuerzos que hizo sacó el facón.

Era una daga acerada de dos filos, con cruz y cabo de plata; y en un vaivén llegó á ponerse casi sobre mí.

—Cuidado, mi Coronel—me dijo Miguelito, interponiéndose, y hablándole al salvaje en su lengua con acento dulcísimo.

—¡Cuidado!—gritaron varios.

Yo, afectando una tranquilidad que dejase bien puesto el honor de mi sangre y de mi raza:

—No hay cuidado—contesté.

El esfuerzo convulsivo supremo, hecho por el indio, agotó el resto de sus fuerzas hercúleas enervadas por los humos alcohólicos.