Los que le sujetaban, sintiéndole desfallecer abandonaron el cuerpo á su propia gravedad; cumplióse la inmutable ley:
¡E caddi, come corpo morto cade!
Cesó la agitación.
Queriendo saber qué causa, qué motivo, qué palabras mías pusieran fuera de sí á mi contendor, pregunté:
—¿Por qué se ha enojado?
—Porque usted le ha llamado perro—dijo uno.
—Es falso—dijo Miguelito en araucano; el Coronel habló de perros; pero no dijo que Epumer fuera perro.
Nadie respondió.
Efectivamente, en la broma que intenté hacerle á Epumer, por ver si lo arrancaba á sus malos pensamientos, no sé cómo interpolé el vocablo perros.
Para los indios, como para los árabes, no había habido insulto mayor que llamarles perro.