Epumer me entendió mal y se creyó ofendido.
De ahí su rapto de furia.
La noche batía sus pardas alas; los indios ebrios roncaban, vomitaban, se revolvían por el suelo, hechos un montón, apoyando éste sus sucios pies en la boca de aquél; el uno su panza sobre la cara del otro.
Varias chinas y cautivas trajeron cueros de carnero y les hicieron cabeceras, poniéndolos en posturas cómodas.
Otros se quedaron murmurando con indescriptible é inefable fruición báquica.
Mariano Rosas me hizo decir con su hombre de confianza, que si quería darle el resto de aguardiente que le había reservado.
—De mil amores—contesté; y aprovechando la coyuntura que se me presentaba de abandonar el campo de mis proezas, salí de la enramada y me dirigí al ranchito en que se habían alojado mis oficiales.
Entregué el aguardiente.
Me tendí cansado, como si hubiera subido con un quintal en las espaldas á la cumbre del Vesubio.