Di media vuelta, y como á unos seis pasos á retaguardia, vi al cabo Gómez, cuadrado, haciendo la venia militar, doblándose para adelante, para atrás, á derecha é izquierda así como amenazando perder su centro de gravedad.
Sus ojos brillaban con un fuego que no les había visto jamás.
En el acto conocí que estaba ebrio.
Era la primera vez desde que había entrado en el batallón.
Por cariño y por las prevenciones que me había hecho Garmendia, le dirigí la palabra así.
—¿Qué quiere, amigo?
—Aquí te vengo á ver, ché Comandante, pa que me des licencia usted.
—¿Y para qué quieres licencia?
—Para ir á Itapirú á visitar una hermanita que me vino de la Esquina.
—Pero hijo, si no estás bueno de la cabeza.