—No, ché Comandante, no tengo nada.

—Bien, entonces, dentro de un rato, te daré la licencia, ¿no te parece?

—Sí, sí.

Y esto diciendo, y haciendo un gran esfuerzo para dar militarmente la media vuelta y hacer como era debido la venia, Gómez giró sobre los talones y se retiró.

Pasó ese día, ó mejor dicho llegó la tarde, y junto con ella Garmendia.

Contéle que Gómez se había embriagado por primera vez, y me dijo que debía haberlo hecho para perder el miedo de hablar con el jefe, que cuando estaba en su batallón así solía hacer algunas veces.

Como él y yo nos interesábamos en el hombre, sobre tablas entramos á averiguar cuánto tiempo hacía que estaba ebrio cuando habló conmigo.

Llamé al capitán de granaderos, le hicimos varias preguntas y de ellas resultó exactamente lo que me acababa de decir Garmendia—que Gómez había tomado para atreverse á llegar hasta mí.

Empezando por el sargento 1.º de su compañía y acabando por el capitán, á todos los que debía, les había pedido la venia para hablar conmigo, estando en perfecto estado; de lo contrario, no se la habrían concedido.

Al otro día de este incidente, Gómez estaba ya bueno de la cabeza. Iba á llamarlo, mas entraba de guardia, según vi al formar la parada, y no quise hacerlo.