Hacía mi entrada triunfal en Salinas Grandes. Las tribus de Calfucurá me aclamaban. Mi nombre llenaba el desierto preconizado por las cien lenguas de la fama. Me habían erigido un gran arco triunfal.

Representaba un coloso como el de Rodas. Tenía un pie en la soberbia cordillera de los Andes, otro en las márgenes del Plata. Con una mano empuñaba una pluma deforme de ganso, cuyas aristas brillaban como mostacilla de oro, chispeando de su punta letras de fuego, que era necesario leer con la rapidez del relámpago para alcanzar á descifrar que decían: mane, thesel, phares. Con la otra blandía una espada de inconmensurable largor, cuya hoja de bruñido acero resplandecía como un meteoro, centelleando en ella diamantinas letras que era menester leer con la rapidez del pensamiento para adivinar que decían: In hoc signo vincis.

Por debajo de aquel monumento de egipcia estructura y proporciones, capaz de provocar la envidia sangrienta, la venganza corsa y el odio eterno de un Faraón, desfilaba como el rayo, tirada por veinte yuntas de yeguas chúcaras, una carreta tucumana, cubierta de penachos, de crines caballares de varios colores y en cuyo lecho se alzaba un dosel de pieles de carnero.

En él iba sentado un mancebo de rostro pintado con carmín. ¡Era yo! Manejaba la ecuestre recua con un látigo de cháguara que no tenía fin, al grito infernal de: ¡pape satán! ¡pape satán alepe! Mi traje consistía en un cuero de jaguar; los brazos del animal formaban las mangas, las piernas, los calzones, lo demás cubría el cuerpo y, por fin, la cabeza con sus colmillos agudos adornaba y cubría mi frente á manera de antiguo capacete.

La cola no sé qué se había hecho. Un ser extraño, invisible para todos, menos para mí, quería ponerme una de paja. Yo le miraba como diciéndole, basta de atavíos, y él vacilaba y me seguía sin saber qué hacer.

Una escolta formada en zigzag, me precedía, cubriéndome la retaguardia. Indígenas de todas las castas australes se veían allí,—ranqueles, puelches, pehuenches, picunches, patagones y araucanos. Los unos iban en potros bravos, los otros en mansos caballos, éstos en guanacos, aquéllos en avestruces, muchos á pie, varios montados en cañas, infinitos en alados cóndores.

Sus armas eran lanzas y bolas; sus trajes mixtos, á lo gaucho, á la francesa, á la inglesa, á lo Adán los más. Cantaban un himno marcial al son de unas flautas de cañuto de grueso carrizo, y las palabras Lucius Victorius Imperator, resonaban con fragor en medio de repetidas, ¡¡¡ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba!!!

Nuevo Baltasar, yo marchaba á la conquista de una ciudad poderosa, contra el dictamen de mis consejeros, que me decían: Allí no penetrarás victorioso jamás; porque sus calles están empedradas con enormes monolitos y cubiertas de pantanos, por donde es imposible que pase tu carreta.

Tenaz, como soy en sueños, no quería escuchar la voz autorizada de mis expertos monitores. Me había hecho aclamar y coronar por aquellas gentes sencillas, había superado ya algunos obstáculos en mi vida; ¿por qué no había de tentar la empresa de luchar y vencer una civilización decrépita?

Por otra parte, yo no había nacido en esa egregia ciudad y ella iba á enorgullecerse de verme llegar á sus puertas, no como Aníbal á las de Roma, sino cual otro valiente Camilo.