Hoy es Urquiza quien se ha pronunciado contra los salvajes, mañana Saa que ha invadido; al día siguiente Guayama, el bandolero de los llanos es el que ha sublevado la Rioja, después los Taboada han dado el grito contra el Gobierno.
Todas estas voces se discuten, se comentan, se prestan á mil conjeturas, se trata de saber cómo han llegado, quién las ha traído, y el tiempo corre y nada sucede, y el malón aplazado se realiza, porque el tiempo es oro y es necesario no perderlo, ya que los amigos federales se duermen en las pajas. No hay idea de todas las quimeras que en aquellos mundos han mecido la imaginación con motivo de la guerra del Paraguay. Ha sido una comedia.
Pero ahora que ya sabes el origen de Mariano Rosas, qué cara tiene, cómo se viste, de qué se ocupan los politicastros de Tierra Adentro y otras particularidades, reanudemos el hilo del relato empezado al terminar mi carta anterior.
Mariano me había hecho un yapaí. Yo tenía el cuerno lleno de aguardiente en la mano.
—Yapaí, hermano—le dije, y me lo bebí de un sorbo para no tomarle el gusto, como si fuera una purga de aceite de castor.
Sentí como si me hubieran echado una brasa de fuego en el estómago. La erupción no se hizo esperar; mi boca era un albañal. Despedía á torrentes todo cuanto había comido y una revolución intestinal rugía dentro de mí. Oía el bullicio porque tenía orejas, no veía nada. Se me figuraba que no estaba en el suelo sino suspendido en el aire, dando vueltas á la manera de una rueda que gira sobre un eje, aunque me parecía que la cabeza siempre quedaba para abajo, gravitando más que todo el resto de mi humanidad. Horribles ansias, nauseabundas arcadas, bascas agrias como vinagre, una desazón é inquietud imponderables me devoraban.
Pasó el mareo.
Los yapaí siguieron para reforzar la tranca, como decía cierto espiritual amigo sectario de Baco, cuando entraba al Club del Progreso, picado ya, y le pedía al mozo una copa de coñac.
Hay situaciones que son como un incendio en alta mar; todas las probabilidades están en contra. Yo me hallaba en una de ellas.
Para remate de fiestas, Mariano quería loncotear conmigo, ¡loncotear á las tres de la mañana! ¡Era nada lo del ojo y lo llevaba en la mano! Me defendí como pude. El indio no estaba para bromas. Viendo que loncotear era imposible, le dió por agarrarme de los hombros con entrambas manos sacudiéndome con sus fuerzas atléticas unas veces, empujándome para atrás otras. ¡Hermano! ¡hermano! me decía con estridente voz, mimbreándose como una vara. Yo le contenía y le rechazaba con moderación. Un movimiento brusco mío podía hacerle dar un traspiés. Y si se caía de narices, quién sabe si sus comensales no me hacían á mí lo que los arrieros á don Quijote.