Bien considerado el caso, era peliagudo. Una de las veces que esforzándome en contenerlo tropezó, por poco no cae despatarrado, despachurrándose.
Abrazóse de mí con sus membrudos brazos. Temí algo. Le busqué el puñal, lo hallé, lo empuñé vigorosamente para que no pudiese hacer uso de él, y así permanecimos un rato, él pugnando por sacarme campo afuera, yo luchando por no retirarme de la enramada. Nos separábamos, nos volvíamos á abrazar. Tornábamos á separarnos y en cada atropellada que me hacía metíame las manos por la cara.
Yo estaba tentado de llamar á mis oficiales y asistentes, porque francamente, recelaba un desaguisado. Pero me daba no sé qué hacerlo. Cierto es que allí no había perros que me asustaran, mas es que tampoco había miriñaques que me alentaran. Aquel público, el instinto que despertaba en mí era el de la conservación.
De aguardiente no quedaba ya sino el olor.
La chusma quería rematarse.
—Dando más aguardiente, Coronel—me decían.
—Otro poco, hermano—me dijo Mariano.
Miguelito les habló en su lengua, y tirándome de un brazo:
—Vamos, mi Coronel—me dijo.
Comprendí que quería sacarme de allí. Lo seguí. Los indios se echaron en el suelo, unos sobre otros, todos revueltos.