Miguelito me llevaba en dirección á mi rancho, iba á amanecer. El cielo se había cubierto de nubes. La luz de las estrellas apenas brillaban al través. Estábamos en tinieblas. Yo caminaba, no por mi voluntad sino arrastrado por mi guardián. Me bamboleaba perdiendo por momentos el equilibrio. Llegamos á la puerta de mi rancho, Miguelito alzó el cuero.

—Entre y descanse—me dijo,—mi Coronel. Yo voy á entretenerlos á aquéllos.

Entré.

Detrás de mí entró una sombra.

Á la luz moribunda del candil que había llevado Carmen hacía un rato, me pareció ver una mujer.

Estas mujeres se le aparecen á uno en todas partes. Nos aman con abnegación.

¡Y tan crueles que somos después con ellas!

Nos dan la vida, el placer, la felicidad.