¿Y para qué? Para que tarde ó temprano en un arranque de hastío, exclamemos:
«Siempre igual, necias mujeres.»
XXXIV
Efectos del aguardiente.—Una mano femenil.—Mi comadre Carmen me cuenta lo sucedido.—Unas coplas.—La vida de un artista en acordeón, en dos palabras.—Preguntas y respuestas.—Las obras públicas de Leubucó.—Insistencia del organista.—Un baño.—Mariano Rosas en el corral.—Cómo matan los indios la res.
El candil ardía y se apagaba como un fuego fatuo.
Buscando mi cama donde no estaba, porque los últimos humos del mareo me hacían ver todos los objetos transformados, al revés, tropecé con la luz y la extinguí. Con los ojos de la imaginación veía el caos. Trataba de buscar un punto de apoyo para no caerme. Mis brazos funcionaban como las aspas de un molino. Me caí. Me levanté. Volví á caerme encima de los compañeros de rancho.
Ni los frailes, ni los oficiales sintieron la mole que repetidas veces se desplomó sobre ellos.
Mi ronca voz, ahogándose en la garganta, llamaba un asistente.
Nadie me oía.