Tanteando como un ciego perlático, cogí una cosa blanda, sedosa, suave, y, al mismo tiempo, percibí como en sueños un ruido de gallinas. Mi mano había asido de la rabadilla un gallo ó pollo, despertando todo el gallinero de Mariano Rosas, que huyendo de la helada, sin duda, se había guarecido en nuestra morada, tomando posesión de mi lecho.
La sorpresa me hizo soltar mi presa, abandonar el punto de apoyo y caer de boca, posándola sobre algo blando, hediondo y frío.
Creí asfixiarme, porque no podía cambiar de posición.
Mis piernas parecían dislocadas, como las de un muñeco. Haciendo un esfuerzo supremo, me enderecé.
Describí dos semicírculos con los brazos. Hallé una mano pequeña, pulida, caliente, que me sostuvo, arrastrándome poco á poco. Un brazo rodeó mi cuerpo. Recliné mi cabeza desvanecida sobre un seno palpitante y di unos cuantos pasos, lo mismo que un herido, alzóse el cuero de la puerta del rancho y penetró en él, hiriendo mis ojos medio abiertos, la luz crepuscular.
Confusamente percibí varias voces que decían:
—¿Dónde está ese Coronel Mansilla?
—Dando más aguardiente.
Una voz contestó:
—No está aquí.