Y al mismo tiempo, cayendo el cuero de improviso, volvió á quedar el rancho envuelto en una completa obscuridad.
Oí como el murmullo de gente que refunfuña y ruido como el de pisadas que se alejan.
Sentí que una cosa áspera, como una tela de lana, repasaba mi rostro y que me empujaban hacia adelante.
Yo no era dueño de mí mismo. Obedecía, abría y cerraba los ojos.
Vi entrar de nuevo la luz del alba en el rancho. Después sentí frío. Caminaba á la par de otra persona que con cariño me sustentaba.
Me quedé dormido.
Al rato me desperté al lado de un gran fogón.
En torno de él estaban tres mujeres y tres hombres, cristianos todos. Me habían hecho una cama con jergas y cueros. Á mi lado estaba una china.
—¿Qué quiere tomar—me dijo,—mate ó café?
Fijé con agradecimiento los ojos en ella y reconocí á mi comadre Carmen.