—Café, comadre—le contesté.
Y mientras lo preparaba, contóme que cuando me separé de Mariano Rosas, ella estaba en la enramada, despierta por si algo necesitaba; que se deslizó entre las sombras de la noche, ayudándole á Miguelito á llevarme á mi rancho; que al salir, varios indios habían acudido á preguntar por mí; que fingiendo voz de cristiano les había contestado que no estaba; y que para que no me incomodaran y me dejaran descansar, me había llevado á un toldo vecino en el que habitaban puros cristianos.
Me puse á tomar café. Gradualmente fueron desapareciendo los efectos narcóticos del aguardiente. La aurora, color de rosa, entraba con sus rayos de fuego por entre las rendijas del toldo. Cantaban los gallos, cacareaban las gallinas, relinchaban los caballos, bramaban los toros, oíase el balido de las ovejas, agitábase todo al despertar de la Naturaleza.
Vibraron las notas de un mal tocado acordeón, y una voz que me hizo crispar los nervios, entonó unas coplas:
Señor Coronel Mansilla
Permítame que le cante
Iba á tronar contra el negro, porque era él en cuerpo y alma el de la música, cuando entró en el toldo, y plegando su instrumento y sellando sus labios, interrumpió las coplas para decirme:
—Buenos días, mi amo, ¿su mercé ha pasado bien la noche?
Me pareció mejor írmele á las buenas, y así le contesté:
—Muy bien, hombre, gracias, siéntate. Pero con la condición que no has de tocar tu maldito acordeón, ni has de cantar. Ya estoy harto.