Estábamos en los postres, cuando volvió á presentarse el negro con su inseparable acordeón. Se sentó como en su casa al lado de Mariano y comenzó la música. Afortunadamente se había puesto muy ronco y no podía cantar. Que te dure la ronquera, decía yo para mis adentros, y lo miraba, haciéndole con la cabeza una especie de amenaza de mandar el organito ofrecido y temido por él. El sátrapa me miraba compasivamente. Lo dejé seguir.

Conversábamos como en un salón, cada uno con quien quería.

Los indios no dan cigarros á los cristianos que están de visita. Para fumar yo, tuve que regalar de los míos á todos.

Los indiecitos nos alcanzaban fuego, y cuando se quedaban jugando ó distraídos, Mariano los aventaba diciéndoles: Salgan de ahí, no falten al respeto á sus mayores, eran sus palabras casi textuales. Observé que eran en este sentido bien criados.

Mariano, queriendo ponderarme uno de sus hijos me dijo:

—Éste es muy gaucho.

Después me explicaron la frase. El indiecito ya robaba maneas y bozales. Más tarde completaría su educación robando ovejas, después vacas. Es la escala.

En seguida me presentó otro.

Era un muchacho de trece años, no podía tener más. Y eso debía tener por la época en que me aseguraran había nacido. Su mérito consistía en tener mujer ya. Su cara no carecía de atractivos; tenía bastante expresión. Revelaba excesos prematuros, un tísico en perspectiva.

Fumábamos y charlábamos alegremente, cuando se presentó Epumer, con mi capa colorada, la capa causante de tantos malos ratos y dolores de cabeza. Confieso que no me pareció tan fea.