—Tome, mi General.

Mariano la tomó.

Se la quité. Aquel momento era decisivo para mí. Si me dejaba faltar al respeto por uno de mis mismos soldados era hombre perdido.

Y quitándosela, eché mano al puñal y gritándole al gaucho, ¡retírate! con más fuerza que antes, me abalancé sobre él, saltando por sobre varios indios.

Rufino obedeció entonces y huyó. Volví sobre mis pasos y me senté agitadísimo; la bilis me ahogaba.

Mariano, que no se había movido de su sitio, me dijo con estudiosa calma y siniestra expresión:

—Aquí somos todos iguales, hermano.

—No, hermano—le contesté.—Usted será igual á sus indios. Yo no soy igual á mis soldados. Ese pícaro me ha faltado al respeto, viniendo ebrio adonde yo estoy y negándose á obedecerme á la primera intimación de que se retirara. Aquí más que en ninguna parte me deben respetar los míos.

El indio frunció el ceño, tomando su fisonomía una expresión en la que me pareció leer: este hombre es audaz.