Yo no calculé el efecto, aunque comprendí que si me dejaba dominar por el borracho me desprestigiaba á los ojos de aquel bárbaro.

Nos quedamos en silencio un largo rato.

Ni él ni yo queríamos hablar.

Él murmuró de nuevo: «aquí todos somos iguales».

Mi contestación fué, viendo que Rufino armaba un alboroto en el fogón de mis asistentes, gritar, fingiéndome furioso, porque había recobrado la serenidad:

—Pónganle una mordaza.

El indio arrugó más la frente. Yo hice lo mismo y permanecimos mudos.

Miguelito nos sacó del abismo de nuestras reflexiones.

Venía á interceder por Rufino, ofreciéndome cuidarle él mismo.

Me pareció oportuno ceder.