—Llévalo—le dije.—¡Pero cuidado!

Rufino oyó y contestó: no hay cuidado, mi Coronel, y comenzó á dar vivas al coronel Mansilla.

Le hice señas con el dedo que callara, obedeció.

Un momento después oíase en un toldo vecino, en el que había una pulpería, su voz tonante.

Mariano me dijo:

—Están alegres los mozos.

—Sí—le contesté secamente,—y dándole las buenas tardes, le dejé solo.

La noche se acercaba, lo mandé traer á Rufino y le hice acostar á dormir.

Rufino tiene una historia.