Mi cama desigual y dura, me pareció de plumas.
Si no me hubieran faltado algunas cobijas, podría decir que pasé una noche deliciosa.
Me levanté con el lucero del alba, gritando:
—¡Fuego! ¡fuego!
En un abrir y cerrar de ojos hice mi toilette, á la luz de un candil.
Salí del rancho.
El fogón ardía ya y el agua hervía en la caldera.
Me puse á matear, divirtiéndome en escuchar los dicharachos y los cuentos de los soldados.
Cada uno tenía una anécdota que referir.
Á todos les había pasado algo con los indios.