El uno había tenido que dar hasta los cigarros; el otro las botas; éste el poncho; aquél la camisa.
Sólo un mendocino, muy agarrado, había tenido el talento de hacerse sordo y mudo. Los pedigüeños no habían podido con él.
Mientras amanecía, me puse á hacerles un curso sobre la conducta y el porte que debían observar; sobre los inconvenientes de que no fuesen moderados, de que no cuidasen y respetasen á sus superiores más que nunca.
Comprendían perfectamente mis razones, y las escuchaban con religiosa atención.
Á Rufino le eché un sermón con aspereza.
Este Rufino era un gaucho de Villanueva, con quien nadie podía.
Azote de los campos, le tomaron y le destinaron al 12 de línea, junto con otros de su jaez, haciéndome el Comandante militar las mayores recomendaciones, previniéndome que tuviera con él muchísimo cuidado, porque era un hombre de avería.
Comprendiendo que en el batallón 12 de línea sería un mal elemento, á los tres días de destinado lo hice venir á mi presencia.
Le habían cortado su larga cabellera, le habían encasquetado ya el kepis, plantificado la chaquetilla y la bombacha.