El gaucho había desaparecido bajo el exterior del recluta.

Era un hombre alto, fornido, de grandes ojos negros, de fisonomía expresiva, de mirada inquieta, de movimientos fáciles, de aspecto resuelto, en suma.

Entablé con él el siguiente diálogo:

—¿Cómo te llamas?

—Rufino Pereira.

—¿De dónde eres?

—No sé.

—¿Dónde has nacido?

—No sé.

—¿Quiénes son tus padres?