—Mañana, en cuanto salga el lucero, ensillas mi zaino grande, empujas la puerta de mi cuarto, entras despacio, te acercas á mi cama, me llamas, y si no me despierto, me mueves.

Preparé un rollo de cincuenta bolivianos y una carta para el Comandante Racedo, del Batallón 12 de línea, que estaba de allí cinco leguas, diciéndole:

«Eso que lleva Rufino Pereira, es con el objeto de probarle, despáchele sin demora, y anote la hora en que llega y la hora en que sale.»

Yo tengo el sueño sumamente liviano.

Á la hora consabida, sentí que abrían la puerta de mi cuarto; fingí que roncaba. Rufino entró, llegó hasta mi cama, caminando despacito, porque el cuarto estaba completamente á obscuras.

—Mi Coronel—me dijo.—No contesté. Volvió á llamarme. Hice lo mismo. Me llamó por tercera vez. Permanecí mudo. Me tocó y me movió. Sólo entonces, contestando como quien despierta de un sueño profundo:

—¿Quién es?—pregunté.

—Yo soy.

—Busca los fósforos que están ahí, en la silla, al lado de la cabecera, y prende la vela.