—¿Por qué no se acuesta, amigo, en la cama—le dije,—con confianza?
Al oir esta irónica insinuación se puso de pie.
—Hola—le dije,—¿conque sabías que no debías sentarte delante de tu jefe, ni entrar cuando él no te llamara?
Y esto diciendo le saqué de allí á fuertes empellones.
El gaucho hizo pie y se encrespó diciéndome con una tonada la más cordobesa, con tonada de la Sierra:
—¿Y si no sé, por qué no me enseña pues?
—Pues, por esa compadrada, toma—le dije, y le di algo que solemos dar los militares cuando queremos aventar un recluta que no tiene el instinto de la disciplina y del respeto á sus superiores.
Durante algunos días el gaucho anduvo con el ceño fruncido, mirándome de reojo, como viendo el lugar de mi cuerpo que más le convenía para acomodarme una puñalada.
No había más que un solo medio de dominarle; despreciarle é inspirarle confianza plena á la vez.
Llamélo y le dije: