Me aseguraron que se iría, y contesté que lo dudaba.

Yo decía para mis adentros:

—Si el bandido se va, porque tiene la libertad de hacerlo, se irá solo, no llevará otros consigo.

Yo vivía en la casa de Belzor Moyano.

Allí vivía él.

Todo el mundo estaba asombrado, tal era el terror que Rufino Pereira inspiraba.

Una mañana estaba él en el zaguán, mientras yo hablaba en la puerta de la calle con un sargento de la partida de Policía.

Entré con el sargento á mi cuarto, que tenía puerta al zaguán, y detrás de mí, sin que yo lo viera, entró Rufino.

Cuando me apercibí de su presencia, estaba sentado en una silla.