Sólo persistían en el espíritu el recuerdo de los predilectos—de esos predilectos del corazón, cuya imagen querida no desvanecen ni el dolor ni la alegría.

De cuando en cuando, los hospitales de Itapirú, de Corrientes y de Buenos Aires, nos remitían pelotones de valientes curados de sus gloriosas y mortales heridas.

La humanidad y la ciencia hacían en esa época de lucha diaria y cruenta verdaderos milagros.

¡Cuántos que salieron horriblemente mutilados del campo de batalla, no volvieron á los pocos días á empuñar con mano vigorosa el acero vengador!

Los que mandaban cuerpos, enviaban de tiempo en tiempo oficiales de confianza á revisar los hospitales, tomar buena nota de sus enfermos ó heridos respectivos y socorrerlos en cuanto cabía.

Yo tenía frecuentes noticias de los hospitales de Itapirú y de Corrientes. Los enfermos seguían bien. Día á día esperaba algunas altas.

Pensaba en esto quizá cierta mañana, paseándome, según mi costumbre, por el parapeto de la batería, cuyos cañones tenían constantemente dirigidas sus elocuentes y fatídicas bocas al montecito de Yataytí-Corá, cuando un ayudante vino á anunciarme:

—Señor, una alta del hospital.

Su fisonomía traicionaba una sorpresa.

—¿Y quién, hombre?