—Un muerto.
—¿Cuál de ellos?
—El cabo Gómez.
Al oirle salté impaciente y alegre del parapeto á la explanada, corriendo en dirección al rancho de la Mayoría.
La noticia de la aparición del cabo Gómez ya había cundido por las cuadras.
Cuando llegué á la puerta de la Mayoría, un grupo de curiosos la obstruía.
Me abrieron paso y entré.
El cabo Gómez estaba de pie, apoyado en su fusil, y llevaba la mochila terciada. Sus vestiduras estaban destrozadas, su rostro pálido, habíase adelgazado mucho y costaba reconocerle.
Realmente, parecía un resucitado.
Le di un abrazo, y ordené en el acto que prepararan un baile para celebrar esa noche la resurrección de un compañero y el regreso del primer herido.