El batallón era un barullo. Todos querían ver á un tiempo al cabo; los unos le hacían señas con la cabeza, los otros con las manos, los que no podían verle bien, se trepaban sobre el moginete de los ranchos; nadie se atrevía á dirigirle la palabra interrumpiéndome á mí.

—¿Y cómo te ha ido, hombre?

—Bien, mi Comandante.

—¿Dónde está la alta?—pregunté al oficial encargado de la Mayoría.

Diómela, y notando que era de un hospital brasileño, me dirigí al cabo.

—¿Qué, has estado en un hospital brasileño?

—Sí, mi Comandante.

—¿Y cómo te salvaste de Curupaití? Cuando yo te ordené salieras de la trinchera ya estabas herido de las dos piernas, no te podías mover.

—Mi Comandante, cuando los demás se retiraron con la bandera, viendo yo que nadie me recogía, porque no me oían ó no me veían, me arrastré como pude, y me escondí en unas pajas á ver si en la noche me podía escapar.

—¿Y cómo te escapaste?