—Cuando los nuestros se retiraron, los paraguayos salieron de la trinchera y comenzaron á desnudar los heridos y los muertos. Yo estaba vivo, pero muy mal herido, y como vi que mataban á algunos que estaban penando, me acabé de hacer el muerto á ver si me dejaban. No me tocaron, anduvieron dando vueltas cerca de mí y no me vieron. Lo que la noche se puso obscura, hice fuerza para levantarme y me levanté y caminé agarrándome del fusil, que es este mismo, mi Comandante.

Un silencio profundo reinaba en aquel momento. Todos contenían hasta la respiración, para no perder una palabra de las del cabo.

—¿Y por dónde saliste?

—Esa noche no pude salir, porque no era baqueano, y me perdí varias veces, y me costaba mucho caminar; porque me dolían los balazos. Pero así que vino la mañanita, ya supe dónde debía de ir, porque oí la diana de los brasileños. Seguí el rumbo y el humo de un vapor, y salí á Curuzú. Allí había muchos heridos, que estaban embarcando; á mí me embarcaron con ellos y me llevaron á Corrientes, y allí he estado en el hospital, y ya estoy muy mejor, mi Comandante, y me he venido porque ya no podía aguantar las ganas de ver el batallón.

—¡Viva el cabo Gómez, muchachos!—grité yo.

—¡Viva!—contestaron los muy bribones, que nunca son más felices que cuando se les incita al desorden y se les deja en libertad de retozar.

Y se lo llevaron al cabo Gómez en triunfo, dándole mil bromas, y siendo su venida inesperada un motivo de general animación y contento durante muchas horas.

Estas escenas de la vida militar, aunque frecuentes, son indescribibles.

Garmendia vino esa tarde á compartir mi pucherete, mi asado flaco y mi fariña, sabiendo ya por uno de sus asistentes, que el cabo Gómez había resucitado.