Piqué el caballo y lleno de ansiedad y confusión partí al galope, llegando en un momento á mi reducto.

No tuve necesidad de interrogar á nadie.

Un hombre maniatado que rugía como una fiera en la guardia de prevención me descorrió el velo de misterio.

—¡Desaten ese hombre!—grité con inexplicable mezcla de coraje y tristeza.

Y en el acto el hombre fué desatado, y los rugidos cesaron, oyéndose sólo:

—Quiero hablar con mi Comandante.

Vino el Comandante de campo, y en dos palabras me explicó lo acontecido.

—¡Han asesinado á un vivandero que estaba de visita en el rancho del alférez Guevara!

—¿Quién?