No se me ocurrió nada.

Le ordené al cabo que se retirara.

Hizo la venia, dió media vuelta y salió de mi presencia, sin haber cambiado el gesto que hizo cuando le dirigí mi primera pregunta.

Á pocos pasos de allí le esperaban dos custodias que le volvieron á la guardia de prevención.

Yo llamé á un ayudante y dicté una orden para que el alférez don Juan Álvarez Ríos procediese sin dilación á levantar la sumaria debida.

Álvarez era el fiscal menos aparente para descubrir ó probar lo acaecido; por eso me fijé en él. No porque fuera negado, al contrario, sino porque es uno de esos hombres de imaginación impresionable, inclinados á creer en todo lo que reviste caracteres extraordinarios ó maravillosos.

Á pesar del juramento del cabo, yo tenía mis dudas, y estaba resuelto á salvarle, aunque resultasen vehementes indicios contra él de lo que Álvarez inquiriese.

Volví, pues, á tomar nuevas averiguaciones con el doble objeto de saber la verdad y de mistificar la imaginación de Álvarez, previniendo mañosamente el ánimo de algunos.

Por su parte, Álvarez se puso en el acto en juego, no habiéndoselas visto jamás más gordas.