—Gómez—le dije afectuosamente,—quiero salvarte; pero para conseguirlo necesito saber si eres tú el que ha muerto al hombre ese que estaba de visita en el rancho del alférez Guevara.

El cabo no respondió, clavándose sus ojos en los míos y haciendo un gesto de ésos que dicen—dejadme meditar y recordar.

Dile tiempo, y cuando me pareció que el recuerdo le asaltaba, proseguí:

—Vamos, hijo, díme la verdad.

—Mi Comandante—repuso con el aire y el tono de la más perfecta ingenuidad,—yo no he muerto ese hombre.

—Cabo—agregué, fingiendo enojo,—¿por qué me engañas? ¿á mí me mientes?

—No, mi Comandante.

—Júralo, por Dios.

—Lo juro, mi Comandante.

Esta escena pasaba lejos de todo testigo. La última contestación del cabo me dejó sin réplica y caí en meditación, apoyando mi nublada frente en la mano izquierda como pidiéndole una idea.