Presentimientos de la multitud.—Un asesino sin saberlo.—Deseos de salvarle.—Averiguaciones.—Un fiscal confuso.—Juicios contradictorios.—Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino.—Consejo de Guerra.—Dudas.—Sentencia del cabo Gómez.—Se confirma la pena de muerte.—Preparativos.—La ejecución.—Una aparición.

Un hombre había sido asesinado en pleno día durante la luz meridiana, en un recinto estrecho, de cien varas cuadradas, en medio de cuatrocientos seres humanos con ojos y oídos; el cadáver estaba ahí encharcado en su sangre humeante, sin que nadie le hubiera tocado aún cuando yo penetré en el reducto,—y nadie, nadie, absolutamente nadie, podía decir, apoyándose en el testamento inequívoco de sus sentidos, el asesino es fulano.

Y sin embargo, todo el mundo tenía el presentimiento de que había sido el cabo Gómez y algunos lo afirmaban, sin atreverse á jurar que lo fuera.

¡Qué extraño y profético instinto el de las multitudes!

Inmediatamente que pasé el parte, que se redujo á dar cuenta del hecho y á pedir permiso para levantar una sumaria, traté de averiguar lo acontecido.

Cuando vino la contestación correspondiente, yo estaba convencido ya de que el asesino era el cabo Gómez.

El hombre que viendo al extranjero amenazar su tierra marcha cantando á las fronteras de su patria; que cruza ríos y montañas, que no le detienen murallas ni cañones, que todo lo sacrifica, tiempo, voluntad, afecciones, y hasta la misma vida, que si se le grita ¡arriba! se levanta, ¡adelante! marcha, ¡muere ahí! ahí muere, en el momento quizá más dulce de la existencia, cuando acaba de recibir tiernas cartas de su madre y de su prometida, que esperanzadas en la bondad inmensa de Dios, le hablan del pronto regreso al hogar, ¿ese hombre no merece que en un instante solemne de la vida se haga algo por él?

Eso hice yo. Y para que no me quedase la menor duda de que el asesino era el indicado, le hice comparecer ante mí, é interrogándole con esa autoridad paternal y despótica del jefe, me hice la ilusión de arrancarle sin dificultad el terrible secreto.

El cabo estaba aún bajo la influencia deletérea del alcohol; pero bastante fresco para contestar con precisión á todas mis preguntas.