Quería y no quería hablar por última vez con el cabo.

Me decidí á hacerlo.

¡Pobre Gómez! Cuando me vió entrar agachándome en la carpa, intentó incorporarse y saludarme militarmente. Era imposible por la estrechez.

—No te muevas, hijo,—le dije.

Permaneció inmóvil.

—Mi Comandante—murmuró.

Al oir aquel mi Comandante, me pareció escuchar este reproche amargo: Usted me deja fusilar.

—He hecho todo lo posible por salvarte, hijo.

—Ya lo sé, mi Comandante—repuso, y sus ojos se arrasaron en lágrimas, y los míos también, abrazándonos.