—El cabo Gómez.

Efectivamente, el cabo Gómez estaba ahí, en la puerta del rancho del General, con el mismo rostro que tenía la noche que le vi por última vez.

Sólo su traje había variado. No revestía ya el uniforme militar, sino un traje talar negro.

Mis ojos estuvieron fijos en él un instante, que me pareció una eternidad.

El General Gelly volvió á repetir:

—¿Vamos, qué quieres?—Y dirigiéndose á mí:—¿Está usted enfermo?

La aparición contestó:

—Quiero que me dejes velar la crucecita de mi hermano.

—¿La crucecita de tu hermano?—repuso el General con aire de no entender bien.

—Sí, pues, Manuel Gómez, que ya murió...