Y esto diciendo, echó á llorar, enjugando sus lágrimas con la punta del pañuelo negro que cubría sus hombros.
Mientras se cambiaron esas palabras, yo volví en mí.
—¿Y dónde está la crucecita de tu hermano?—dijo el General.
—En el cementerio de la Legión Paraguaya.
Entonces, tomando yo la palabra, como aquella desdichada mujer no podía dejar de interesarme, la dije:
—No, estás equivocada, la cruz de Gómez no está ahí.
—Yo sé—murmuró.
Queriendo convencerla, la dije:
—Yo soy el jefe del 12 de línea, que era el cuerpo de tu hermano.
—Yo sé—murmuró, retrocediendo con marcada impresión de espanto.