Empeñéme con la mujer cuanto pude, á fin de que fuera á mi reducto, intentando seducirla con el halago de los sueldos de su hermano.

¡Fué en vano!

El General la despidió, diciéndole que podía velar la crucecita de su hermano.

Y después de cambiar algunas palabras conmigo sobre aquel extraño sueño realizado, filosofando sobre la vida y la muerte, á mis solas, me volví á mi campo.

Mandé llamar á Garmendia en el acto, y le relaté todo lo sucedido.

Despachamos en seguida emisarios en busca de la hermana de Gómez.

Halláronla, pero fué inútil luchar contra su inquebrantable resolución de no verme, y menos convencerla de que la crucecita de su hermano no estaba en el cementerio que ella decía.

Esa noche hubo un velorio al que asistieron muchos soldados y mujeres de mi batallón prevenidos por mí.

Por ellos supe que la hermana de Gómez, siendo yo el jefe del 12, me achacaba á mí su muerte, y, asimismo que en la Esquina tenía algunos medios de vivir, confirmando todos, por supuesto, que la noticia del fusilamiento se la dió Dios en sueños.

Al día siguiente del velorio la mujer desapareció del ejército, sin que nadie pudiera darme de ella razón.