Cuando las intermitencias del aguacero lo permitían, yo cambiaba algunas palabras con Camilo Arias, que estaba casi pegado á mi lado.
En una de esas pláticas diluvianas, le dije así:
—Puede ser que los indios me maten, es difícil; pero no lo es que quieran retenerme, con la ilusión de un gran rescate. En este caso, es preciso que el General Arredondo lo sepa sin demora. Prevén á los muchachos—eran éstos cinco hombres especiales,—mis baqueanos de confianza.
Será señal de que ando mal, que no tenga en el cuello este pañuelo.
Era un pañuelo de seda de la India, colorado, que siempre uso en el campo debajo del sombrero por el sol y la tierra.
Puede, sin embargo suceder, que tenga que regalar el pañuelo. En este caso la señal será que me vean con la pera trenzada.
No comuniques esto más que á los muchachos. Y cuando lleguemos á las tolderías no te acerques á hablar conmigo jamás. Sírvete de un intermediario.
Camilo es como un árabe, habla poco; sabe que la palabra es plata y el silencio oro, contestó sólo:
—Está bien, señor.