Mientras yo tomaba las antedichas disposiciones, otros se ocupaban en hacer un buen fogón, preparándonos para la trasnochada.
Los chasquis no se habían perdido de vista aún, cuando frescas y recias ráfagas de viento comenzaron á augurar la inevitable proximidad de la tormenta.
El cielo se puso negro.
La experiencia nos dijo que debíamos renunciar al fogón y al asado y prepararnos para una noche toledana por no decir pampeana.
El viento arreció, gruesas gotas de agua comenzaron á caer, la noche avanzaba, ó mejor dicho, se anticipaba con rapidez.
Pronto estuvimos envueltos en una completa obscuridad.
Llovía á cántaros, silbaba el viento, eléctricos fulgores resplandecían en el cielo á distancias inconmensurables, haciendo llegar hasta nuestros oídos el ruido sordo del rayo.
Las tropillas se habían agrupado, daban las ancas al viento y permanecían inmóviles.
Cada cual se había acurrucado lo mejor posible, y con maña procuraba mojarse lo menos posible. No teníamos siquiera dónde hacer espalda, ni era posible conversar, porque el ruido de la lluvia, que caía á torrentes, ahogaba las palabras que salían de debajo de los ponchos ó capotes con que estábamos cubiertos hasta la cabeza.
Durante dos horas llovió sin cesar, cayendo el agua á plomo.